© Sylvia de Béjar
He recibido un email que he decidido compartir (con permiso de su autor) para que, quien lo desee -y espero que seáis muchos, porque el tema es clave- pueda aportar su punto de vista. Mi lema es “de todos aprendemos” y fíjate en la cita que abre este blog: “Cualquiera que haya experimentado algo es más experto en ello que los expertos“, o sea que anímate a dar tu opinión. Eso sí, con respeto; ya basta de comentarios sexistas y mala educación. El caballero expone lo siguiente (lo he editado para acortarlo):
“Cuando los especialistas en sexología habláis de los conceptos “normal/anormal” soléis explicar que “normal” es lo que cada uno considera como tal siempre y cuando haya respeto y consentimiento mutuo entre quienes participan en el encuentro sexual. Hasta ahí puedo estar básicamente de acuerdo. No obstante tengo la sensación de que cuando os referís a la categoría de lo que puede llegar a ser considerado como “anormal” no hacéis referencia al límite inferior, es decir, a la ausencia de sexualidad o una sexualidad con unos límites tan angostos que no permiten disfrutar de ella, sino más bien sufrir por ello.
Me explico. Viví una relación de pareja de varios años en la que uno de los problemas centrales era la sexualidad, pero no por exceso, sino por defecto. Desde el inicio de la convivencia, las condiciones que impuso mi pareja fueron tan estrictas que ni siquiera era posible hablar de sexo (era un tema tabú) y la frecuencia de los encuentros sexuales muy escasa (oscilaron entre una vez al mes y una vez al año, hasta desaparecer).
Aparte de la frecuencia, el resto de las condiciones tampoco fueron fáciles: posturas muy limitadas, silencio y luz apagada, imposibilidad de solicitar variaciones que salieran de la estricta rutina del coito más tradicional, etc. Sin embargo, para ella, esto era lo normal. Yo, en cambio, he sufrido y padecido hasta la saciedaf este concepto de normalidad sexual pues, para mi, ha venido impuesta durante muchos años, y no por exceso, sino por defecto.
En tu libro “Deseo”, en las páginas 256-257, dices que “si no existe coerción y te genera placer, no problem”. Efectivamente, tienes razón, pero es que en mi caso no ha existido coerción, sino restricción y prohibición y eso sí que me ha generado problemas, y a la larga ha acabado generando problemas insalvables a la pareja.
Si alguna vez tienes tiempo y ganas Sylvia, escribe algo sobre “lo anormal por defecto” que alguien seguro lo está padeciendo y se sentirá aliviado al saber que no es el único/a. Saludos y gracias”.
Mi respuesta: subiré mi comentario fijo, pero primero me gustaría que los usuarios de esta web opinen. Mi pretensión es hacerlo como una/o más. Para dar un empujoncito, propongo algunas cuestiones, pero sois libres de escribir de lo que os plazca:
- ¿Hasta qué punto le puedes negar el sexo a tu pareja?
- ¿Qué sexo se le puede negar? ¿Prácticas? ¿Límites?
- ¿Hasta que punto hemos de aceptar una negativa?
No me falléis, ni le falléis a este caballero, con el que seguro se han identificado bastantes usuarios ¡y no sólo hombres!


