Qué hacer si no te convence tu vida sexual

Si alardeas “De esta agua no beberé” es probable que tarde o temprano debas desdecirte. Tal vez ahora  tu vida sexual sea satisfactoria, pero eso no implica garantía de eternidad.  Piensa: ¿acaso siempre lo ha sido? Tarde o temprano puede surgir una duda, un escollo, un problema. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si tu deseo o el suyo se viese afectado por culpa del estrés laboral o conflictos en vuestra relación, si los coitos se volviesen difíciles por una disfunción eréctil o dolor vaginal, o si de repente tus orgasmos o los suyos ya no fuesen como los de antes? Sea por ti, sea por quien comparte tu cama, no es raro que, en algún momento, se haga necesario que paséis del orgullo mal entendido, deis esquinazo a estériles vergüenzas y pidáis ayuda. Fíjate que lo escribo en plural: las dificultades sexuales, aunque aparentemente sólo afecten a uno, suelen necesitar de un trabajo en equipo.

¿Cuándo hay qué pedir ayuda? Hay razones que se imponen por su propio peso, son de lo más evidente: ausencia de orgasmo o dificultades para alcanzarlo, disfunción eréctil, falta de deseo, problemas en el control de la eyaculación, imposibilidad de practicar el coito o dolor al realizarlo, dificultades motivadas por una enfermedad o una intervención quirúrgica…

A veces, los motivos no se ven tan claros, no son tan evidentes o tan concretos, pero existen desde el momento en que uno de los miembros de la pareja o ambos se sienten infelices o insatisfechos a causa de su vida sexual. Por ejemplo, cuando la disimilitud de apetitos provoca problemas de pareja (recriminaciones, culpabilidades y discusiones) o cuando un cónyuge siente que el otro le empuja a prácticas que no le convencen. En realidad cualquier dificultad que no logramos solventar –sea porque siempre la hayamos tenido o porque lleva un tiempo sucediéndonos- y nos pese es razón suficiente para acudir al terapeuta.

Sin embargo, nos cuesta dar el paso: según la Asociación Española de Salud Sexual, los españoles tardamos una media de cinco años en reconocer que nos pasa algo y pedir ayuda. Un malgasto de tiempo que pasa factura: cuanto más se tarda, más cuesta resolver la situación, ya que hay más cúmulo de frustración, ansiedad y/o culpa. Para colmo, a veces, puede suponer un peligro para la salud: los médicos advierten que las dificultades de erección pueden indicar, por ejemplo, la existencia de riesgo cardiovascular o de diabetes (son como centinelas). Moraleja: ¡hay que coger al toro por los cuernos y cuánto antes mejor! Fijémonos en los británicos: sólo tardan entre cuatro meses y un año en pedir cita con el especialista. Ya ves, ¡no sólo hemos de aprender su inglés!

Este texto pertenece a mi libro “Deseo”.

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